Hace casi cinco décadas, China puso en marcha uno de los proyectos de reforestación más ambiciosos de la historia. En 1978, el país comenzó a plantar millones de árboles para crear la llamada “Gran Muralla Verde”, una enorme barrera forestal destinada a frenar el avance de los desiertos de Gobi y Taklamakán y reducir las devastadoras tormentas de arena.
Desde entonces, el proyecto ha sumado más de 66.000 millones de árboles distribuidos a lo largo de unos 4.500 kilómetros, restaurando más de 150.000 kilómetros cuadrados de superficie forestal gracias a una inversión de miles de millones de euros.
Los resultados fueron ampliamente positivos. La barrera verde logró reducir un 70% la frecuencia de las tormentas de arena y, según estimaciones, absorbió cerca del 5% de las emisiones de dióxido de carbono de China entre 1978 y 2017, convirtiéndose en una herramienta clave para combatir el cambio climático.
Sin embargo, un estudio reciente reveló que el proyecto también está generando efectos inesperados. Investigadores detectaron que los bosques plantados crecen mucho más rápido que los bosques naturales, modificando el equilibrio de los ecosistemas de la región.
Además, las comunidades que viven cerca de la «Gran Muralla Verde» comenzaron a experimentar un fuerte aumento de alergias respiratorias, principalmente debido al polen de algunas especies utilizadas durante la reforestación.
Una de las plantas más cuestionadas es la artemisia, elegida por su rápido crecimiento. Su polen contiene compuestos capaces de provocar reacciones alérgicas severas, como fiebre del heno y asma bronquial.
A esto se suma la presencia de álamos y sauces, otras especies que también producen grandes cantidades de polen. Como consecuencia, los habitantes de las zonas cercanas tienen hasta el doble de probabilidades de sufrir alergias en comparación con otras regiones.
Frente a este problema, el gobierno chino ya comenzó a modificar el proyecto. Las autoridades destinaron alrededor de 747 millones de euros para reemplazar parte de las especies más alergénicas por árboles como ciruelos y ginkgos, además de aplicar tratamientos para reducir la producción de polen.
El caso de la «Gran Muralla Verde» demuestra que incluso los proyectos ambientales más exitosos pueden traer consecuencias inesperadas y que la planificación ecológica debe contemplar no solo los beneficios para el clima, sino también sus posibles impactos sobre la salud y los ecosistemas naturales.






