Las “tortugas alienígenas” que volvieron a Galápagos tras desaparecer durante más de un siglo

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Fueron dadas por extintas en el siglo XIX, pero científicos encontraron ejemplares de su linaje a cientos de kilómetros. Ahora, sus descendientes regresaron a Floreana.

Durante más de un siglo, todo indicaba que las tortugas gigantes de Floreana, una de las islas de las Galápagos, habían desaparecido para siempre. La especie fue diezmada por piratas y balleneros hasta extinguirse alrededor de 1850.

Pero más de 150 años después apareció una pista inesperada: en un volcán ubicado a cientos de kilómetros de distancia, los científicos encontraron unas tortugas que parecían no pertenecer allí.

Por su aspecto extraño, las bautizaron como “tortugas alienígenas”.

El hallazgo abrió una posibilidad extraordinaria: quizás el linaje de las tortugas de Floreana no había desaparecido por completo. Más de dos décadas de investigaciones, reproducción en cautiverio y conservación permitieron finalmente que sus descendientes regresaran a la isla de la que habían desaparecido.

Una especie que desapareció por culpa de los humanos

Las tortugas gigantes llegaron a las Galápagos hace entre dos y tres millones de años y evolucionaron de manera diferente en cada isla del archipiélago.

Su enorme resistencia terminó convirtiéndolas en un objetivo para piratas y balleneros. Como podían sobrevivir hasta un año sin agua ni alimento, eran capturadas y almacenadas en los barcos como una reserva de carne fresca para las largas travesías.

La llegada de los humanos también introdujo especies invasoras, como ratas, cerdos y otros mamíferos que depredaban huevos y crías o competían por los recursos.

Se estima que entre 100.000 y 200.000 tortugas desaparecieron de las islas durante unos dos siglos.

Floreana fue una de las más afectadas. Su población de tortugas, reconocible por un caparazón con una marcada forma de “montura”, desapareció alrededor de 1850.

El hallazgo que cambió la historia

En el año 2000, durante una expedición al volcán Wolf, en el norte de la isla Isabela, un grupo de investigadores encontró miles de tortugas pertenecientes a las especies locales.

Pero entre ellas había algunas diferentes.

Tenían caparazones con una forma inusual y características que no coincidían con las tortugas conocidas de la zona. Los investigadores las llamaron “alienígenas” porque inicialmente no sabían qué eran.

Las muestras de sangre enviadas a genetistas de la Universidad de Yale revelaron la sorpresa: aquellas tortugas tenían parte de la genética asociada al linaje de Floreana.

El misterio era cómo habían llegado hasta allí.

Una de las hipótesis plantea que pudieron haber sido trasladadas accidentalmente por fenómenos naturales, como grandes lluvias capaces de arrastrar animales entre distintos sectores.

Pero los científicos consideran más probable otra explicación: los propios barcos balleneros pudieron haberlas llevado hasta Isabela.

La isla era un punto estratégico de las antiguas expediciones antes de internarse en el Pacífico. Si las embarcaciones estaban demasiado cargadas, algunas tortugas podrían haber sido arrojadas al mar o liberadas allí.

Lo que para los balleneros pudo haber sido una simple decisión logística terminó salvando, sin saberlo, parte de un linaje que se creía perdido.

De huevos diminutos a una nueva generación

Después del descubrimiento, 19 ejemplares del linaje de Floreana fueron trasladados al Centro de Crianza de Tortugas Terrestres Fausto Llerena para iniciar un programa de reproducción.

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Los especialistas comenzaron a trabajar con los animales y con sus huevos, que son colocados en incubadoras bajo diferentes temperaturas.

La temperatura es determinante para el sexo de las crías: alrededor de 29,5 °C se desarrollan principalmente hembras, mientras que a unos 28 °C predominan los machos.

Después de aproximadamente cuatro meses, los huevos eclosionan.

Las pequeñas tortugas permanecen durante un mes en condiciones controladas y luego pasan a corrales donde comienzan a alimentarse. Durante sus primeros años requieren especial protección porque, con apenas unos centímetros de longitud, son vulnerables frente a los depredadores.

El programa consiguió resultados extraordinarios: las tortugas descendientes de aquellas encontradas en el volcán Wolf produjeron unas 800 crías y actualmente generan alrededor de 60 nuevas crías por año.

El regreso a Floreana

En febrero de 2026 ocurrió uno de los momentos más importantes del proyecto: 158 tortugas fueron liberadas en la isla de Floreana.

Las crías recibieron dispositivos de rastreo satelital para que los científicos puedan estudiar cómo se adaptan al territorio y determinar si las zonas elegidas son adecuadas para que, en el futuro, puedan reproducirse allí.

La selección de los sitios de liberación contó incluso con recursos de la NASA, utilizados para identificar áreas con condiciones favorables para la supervivencia y futura anidación.

Las tortugas liberadas no son genéticamente idénticas a las que habitaron Floreana antes de su extinción. Se trata de ejemplares híbridos, con una combinación de genética de las tortugas de Floreana y de especies nativas del área del volcán Wolf.

Sin embargo, los científicos creen que todavía podrían existir ejemplares con genética pura de Floreana escondidos entre la enorme población de tortugas del volcán.

Mucho más que una tortuga

La recuperación de esta población tiene una importancia que va mucho más allá de salvar a una especie.

Las tortugas gigantes son consideradas “ingenieras de los ecosistemas” porque modifican el ambiente en el que viven.

Pueden consumir hasta 225 kilos de vegetación al año y recorrer grandes distancias mientras dispersan semillas. Algunas plantas incluso mejoran su capacidad de germinar después de pasar por el sistema digestivo de estos animales.

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Además, con sus enormes cuerpos —pueden alcanzar unos 400 kilos— abren caminos entre la vegetación, aplastan plantas y generan espacios que posteriormente son aprovechados por otras especies.

Por eso, recuperar las tortugas también significa restaurar parte del ecosistema de Floreana.

Una segunda oportunidad para las Galápagos

El regreso de estas tortugas forma parte de un proyecto de conservación mucho más amplio. Durante las últimas décadas se han eliminado de distintas zonas especies invasoras introducidas por los humanos, como cabras, cerdos y burros, mientras continúan los esfuerzos para controlar roedores y gatos.

Las Galápagos son uno de los lugares con mayor nivel de endemismo del planeta: gran parte de sus especies no existen en ningún otro sitio.

El trabajo de conservación permitió que, durante los últimos 60 años, se criaran y liberaran en la naturaleza más de 9.000 tortugas gigantes.

La recuperación de las “tortugas alienígenas” demuestra que incluso después de más de un siglo una especie puede tener una segunda oportunidad.

Pero también deja una enseñanza sobre los tiempos de la naturaleza: las tortugas crecen lentamente, viven durante décadas y necesitan años para que una población vuelva a establecerse.

Como resumió uno de los investigadores que participó del proyecto, su historia recuerda a la fábula de la liebre y la tortuga: pueden avanzar despacio, pero su constancia termina ganando la carrera.

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