Un hallazgo sorprendió a la comunidad científica internacional: dos ballenas jorobadas realizaron travesías récord entre Australia y Brasil, recorriendo más de 14.500 kilómetros y batiendo la mayor distancia registrada hasta ahora para esta especie.
Los ejemplares fueron identificados gracias a las marcas únicas en sus colas, que funcionan como una especie de huella digital. Científicos analizaron más de 19.000 fotografías tomadas durante las últimas cuatro décadas y, mediante software de reconocimiento, lograron detectar a las mismas ballenas en zonas de reproducción completamente opuestas del planeta.

Según el estudio publicado en la revista científica Royal Society Open Science, una de las ballenas recorrió más de 15.000 kilómetros, superando incluso el récord anterior de una jorobada que había nadado entre Colombia y Zanzíbar.
Los investigadores explicaron que este tipo de desplazamientos son extremadamente raros, ya que las ballenas jorobadas suelen seguir rutas migratorias muy específicas aprendidas de sus madres. Generalmente, pasan los meses cálidos alimentándose de krill y pequeños peces en aguas frías, mientras que migran hacia zonas tropicales para reproducirse durante el invierno.
Phillip Clapham, exdirector de un programa de investigación de ballenas de la NOAA de Estados Unidos, aseguró que el descubrimiento demuestra “lo enorme que puede ser el rango de desplazamiento de estos animales”.
Aunque las imágenes permitieron confirmar el inicio y el final del recorrido, los científicos todavía desconocen cuál fue la ruta exacta que siguieron las ballenas durante semejante travesía oceánica.
Una de las hipótesis es que ambos ejemplares pudieron haberse encontrado con otros grupos en zonas de alimentación compartidas y luego cambiar completamente de rumbo en lugar de regresar a sus áreas habituales de reproducción.

Para los especialistas, este descubrimiento también podría ayudar a entender cómo el cambio climático está modificando el comportamiento de las ballenas jorobadas. El calentamiento de los océanos podría alterar la distribución del krill, su principal fuente de alimento, y obligarlas a desplazarse cada vez más lejos en busca de comida y nuevas zonas de reproducción.








