La Cordillera de los Andes atraviesa un invierno excepcional en materia de acumulación nival. En la Región de Coquimbo, Chile, la superficie cubierta de nieve superó durante agosto los 10.000 kilómetros cuadrados, un registro que prácticamente duplica el promedio histórico observado en los últimos años mediante imágenes satelitales.
El dato fue obtenido por el Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA) a partir del procesamiento de información del sensor MODIS. La extensión alcanzada convierte a este invierno en uno particularmente relevante para las reservas hídricas de la región y también podría tener consecuencias sobre las cuencas que se encuentran al otro lado de la cordillera.
Sin embargo, los especialistas advierten que una mayor superficie cubierta de blanco no significa automáticamente que exista el doble de agua almacenada.

Una enorme reserva de nieve, pero con un dato todavía por determinar
La medición realizada por CEAZA permite conocer cuánto territorio permanece cubierto por nieve, pero no determina por sí sola qué espesor tiene esa capa ni cuánta agua contiene.
El coordinador del Área Meteorológica del organismo, Cristian Orrego, explicó que “la cobertura representa la superficie cubierta de nieve, pero no permite saber su altura o densidad”. Por eso, para calcular con mayor precisión la reserva disponible, el indicador fundamental es el equivalente en agua, es decir, la cantidad de agua que quedaría disponible cuando esa nieve se derrita.
La diferencia es importante porque dos sectores con la misma superficie nevada pueden almacenar cantidades muy diferentes de agua dependiendo de la profundidad y densidad del manto.
Aun con esta salvedad, el volumen de nieve acumulado durante el invierno representa una señal significativa de cara a los próximos meses.
El deshielo podría modificar el caudal de los ríos
Con la llegada de la primavera y el aumento progresivo de las temperaturas, buena parte de la nieve acumulada comenzará a transformarse en agua.
El proceso ya empezó en el sector chileno de los Andes debido al ascenso de la isoterma cero y al incremento de las temperaturas registrado durante septiembre. Los modelos meteorológicos locales anticipan que hacia finales de este mes una parte importante del equivalente acumulado en las zonas montañosas podría haber pasado al estado líquido.
El agua resultante del deshielo alimentará los cursos que nacen en la cordillera y podría generar un derrame estival particularmente importante en comparación con los últimos años.
Esto adquiere especial relevancia en una región donde la disponibilidad de agua depende en gran medida de las precipitaciones de invierno y de la nieve acumulada en las zonas de montaña.
El impacto también puede sentirse en Argentina
La nieve que se acumula en los Andes no queda limitada por la frontera entre ambos países. Durante el período de deshielo, el agua puede alimentar distintas cuencas de la vertiente oriental, con consecuencias para sectores cordilleranos de Argentina.
Entre las áreas que podrían recibir un aporte significativo se encuentran San Juan y Mendoza, donde el agua proveniente de la cordillera resulta fundamental para diferentes actividades.
En San Juan, la escorrentía asociada al deshielo puede contribuir al caudal de los ríos San Juan y Jáchal, dos cursos esenciales para el abastecimiento de agua y para actividades agrícolas y productivas de la provincia.
La disponibilidad del recurso también tiene especial importancia para la agricultura y la producción vitivinícola, además del consumo de las poblaciones y el funcionamiento de distintas industrias.
Por eso, la acumulación registrada este invierno es seguida con atención tanto por especialistas chilenos como argentinos.
Más nieve también implica desafíos para la cordillera
El aumento de la nieve no representa únicamente una mayor reserva hídrica. También puede generar complicaciones durante los períodos de acumulación y deshielo.

Los desprendimientos de nieve, hielo y rocas pueden afectar caminos cordilleranos y obligar a realizar tareas de evaluación, prevención y despeje antes de la apertura de determinados pasos y rutas.
Los equipos encargados de la infraestructura vial deben monitorear especialmente las zonas con riesgo de avalanchas y otros movimientos asociados a la acumulación de nieve.
De esta manera, el invierno excepcional registrado en la Cordillera de los Andes abre un escenario que recién comenzará a definirse con mayor claridad durante la primavera: una enorme cantidad de nieve acumulada que podría convertirse en una importante fuente de agua para las cuencas de ambos lados de la cordillera, aunque su aporte real dependerá de cuánto agua equivalente contenga el manto y de cómo evolucione el deshielo durante los próximos meses.








