En una pequeña localidad de Chubut, rodeada por algunos de los paisajes más impactantes de la Patagonia, una escuela lleva adelante desde hace dos décadas un proyecto que busca devolverle vida al bosque.
Se trata de la Escuela N° 25 de Villa Futalaufquen, ubicada dentro del Parque Nacional Los Alerces, donde sus estudiantes aprendieron que también podían hacer algo frente a una de las amenazas que más afecta a la región: los incendios forestales.
Desde hace 20 años, los chicos participan del Vivero Niños del Lago, una iniciativa en la que producen especies nativas, las cuidan durante años y finalmente las llevan hasta diferentes sectores del bosque para plantarlas.
El resultado de ese trabajo sostenido en el tiempo es impresionante: la comunidad educativa ya plantó más de 32.000 árboles.
Un proyecto que nació después de un incendio
La iniciativa comenzó a tomar forma luego de un incendio ocurrido en 2005, que afectó decenas de hectáreas en los alrededores de la escuela.
Frente a la devastación provocada por el fuego, alumnos, docentes y familias comenzaron a preguntarse qué podían hacer para colaborar con la recuperación del bosque.
La respuesta llegó un año después, con la creación de un vivero destinado a producir plantines de especies autóctonas.
Lo que comenzó como una pequeña propuesta para cultivar unos pocos cientos de ejemplares fue creciendo con el paso del tiempo hasta convertirse en una parte fundamental de la vida cotidiana de la escuela.
Hoy, los 38 estudiantes que asisten a la institución participan del proyecto, desde los más pequeños hasta los alumnos de secundaria.
De una semilla a la montaña
El proceso requiere tiempo, paciencia y mucho trabajo.
Los chicos recolectan y clasifican semillas de especies propias del bosque andino patagónico. Luego comienzan el proceso de siembra y cuidan los plantines durante años hasta que están preparados para ser trasladados.
En el vivero se producen más de 15 especies nativas, entre ellas radal, maqui, notro, ñire, chacay, michay, calafate, alerce, maitén, araucaria y ciprés de la cordillera.

Algunas plantas permanecen en el vivero durante varios años antes de estar listas para su destino final.
Cuando llega el momento, los estudiantes cargan los árboles en sus mochilas y emprenden caminatas por senderos de montaña hasta los lugares elegidos para realizar las plantaciones.
Así, cada árbol inicia un recorrido que puede llevar años: desde una pequeña semilla hasta su llegada definitiva al bosque.
Más que una actividad escolar
El vivero forma parte de la rutina de la Escuela N° 25 y atraviesa diferentes materias.
Mientras trabajan con las plantas, los estudiantes aprenden sobre especies y ciclos naturales, realizan cálculos vinculados con la germinación, producen materiales de difusión y hasta aplican conocimientos relacionados con economía, tecnología, inglés y educación física.
La propuesta se basa en el concepto de aprender haciendo: los contenidos escolares se conectan directamente con una necesidad concreta del lugar en el que viven.
Pero, además de los conocimientos académicos, el proyecto busca generar un fuerte vínculo entre los chicos y el entorno natural que los rodea.
Para muchos de ellos, el bosque no es solamente el paisaje que ven todos los días: es parte de su hogar.
Más de 32.000 árboles plantados
A lo largo de estas dos décadas, los alumnos de la escuela lograron plantar más de 32.000 árboles dentro del Parque Nacional Los Alerces.
También realizaron donaciones a otras instituciones y participaron en plantaciones destinadas a espacios públicos y zonas afectadas por incendios en diferentes localidades de la región.
El proyecto logró mantenerse activo incluso en momentos difíciles.
Durante la pandemia, cuando las clases presenciales se suspendieron, las plantas continuaron necesitando agua y cuidados. Los docentes responsables del vivero siguieron trabajando para garantizar que los ejemplares sobrevivieran.
La continuidad también fue posible gracias al compromiso de distintos docentes que fueron transmitiendo el proyecto de una generación a otra.
Porque, como ocurre con los árboles, muchas veces quienes comienzan un proceso no son quienes llegan a verlo terminado.

Un alumno puede sembrar una planta que, años después, será cuidada por otros compañeros y finalmente llevada al bosque.
Un proyecto que sigue creciendo
Actualmente, el vivero continúa funcionando gracias al trabajo de toda la comunidad educativa, el apoyo de diferentes organismos, las donaciones y la venta de algunos ejemplares nativos.
Sin embargo, el proyecto también enfrenta desafíos.
Una de sus principales necesidades es reconstruir una estructura destinada a proteger las plantas jóvenes de las condiciones climáticas extremas de la Patagonia. La estructura anterior fue dañada por una intensa nevada y todavía buscan reunir los fondos necesarios para reemplazarla.
A pesar de las dificultades, los estudiantes y docentes continúan trabajando.
Semilla por semilla, planta por planta y árbol por árbol, el Vivero Niños del Lago demuestra que la recuperación de un bosque no ocurre de un día para otro.
Hace falta tiempo.
Hace falta paciencia.
Y, sobre todo, hace falta alguien dispuesto a empezar.
Después de 20 años de trabajo y más de 32.000 árboles plantados, esta pequeña escuela de Chubut sigue demostrando que una acción nacida en un aula puede terminar dejando una huella mucho más grande: una nueva oportunidad para que el bosque vuelva a crecer.








