La muralista Simona Ahued intervino espacios deportivos de distintas comunidades mexicanas con obras inspiradas en la identidad y las historias locales.
La artista, ilustradora y muralista mexicana Simona Ahued participó en la intervención artística de 18 canchas públicas ubicadas en comunidades vinculadas con las ciudades mexicanas que recibieron partidos del torneo.
Las obras fueron diseñadas a partir de la identidad, los colores, las tradiciones y las historias de cada lugar. El objetivo no fue solamente renovar visualmente los espacios deportivos, sino convertirlos en puntos de encuentro capaces de representar a quienes viven en sus alrededores.
Ahued, formada en Diseño Gráfico y especializada en ilustración y arte objeto, ha desarrollado una obra fuertemente atravesada por los paisajes, el folclore, la flora, la fauna y las expresiones culturales de México. Esos elementos también estuvieron presentes en las canchas intervenidas de cara al Mundial.

El Mundial como oportunidad para recuperar espacios públicos
La iniciativa formó parte de una serie de proyectos impulsados en México para que la Copa Mundial dejara beneficios más allá de la infraestructura destinada directamente al torneo.
En este caso, la propuesta utilizó el fútbol y el muralismo como herramientas para recuperar espacios deportivos, fomentar la convivencia y reforzar el sentido de pertenencia de las comunidades.
El trabajo se integró a una estrategia más amplia de recuperación de espacios comunitarios en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, las tres ciudades mexicanas elegidas como sedes del Mundial de 2026.

México se convirtió durante esta edición en uno de los tres países anfitriones, junto con Estados Unidos y Canadá. Para el país, además, el torneo tuvo un valor histórico: fue la tercera Copa Mundial masculina disputada en su territorio, después de las ediciones de 1970 y 1986.
Murales construidos desde la identidad de cada comunidad
A diferencia de una intervención artística uniforme, las obras buscaron recuperar elementos propios de cada barrio.
Los diseños incorporaron referencias a la cultura mexicana, el deporte, la naturaleza y las tradiciones locales. De esta manera, cada cancha adquirió una identidad diferente y quedó vinculada con el entorno en el que se encuentra.
Las obras creadas por Ahued fueron planteadas como símbolos de orgullo e identidad comunitaria. Según la información difundida sobre el proyecto, la artista tomó como inspiración los colores, el folclore y la riqueza cultural del país, adaptando cada mural a las características de su comunidad.


La propuesta también buscó cambiar la manera en que los vecinos se relacionan con el espacio público. Una cancha renovada no solamente ofrece mejores condiciones para practicar deporte: puede generar un mayor compromiso con su mantenimiento, facilitar el encuentro entre habitantes y fortalecer la apropiación colectiva del lugar.
Este tipo de iniciativas se apoya en una idea cada vez más utilizada en proyectos urbanos: cuando las comunidades participan o se reconocen en el diseño de un espacio, aumentan las posibilidades de que lo utilicen, lo cuiden y lo incorporen a su vida cotidiana.
El muralismo como herramienta de transformación urbana
México posee una extensa tradición muralista, históricamente vinculada con la identidad nacional, la memoria social y la ocupación del espacio público.
En las últimas décadas, esa práctica también comenzó a integrarse a proyectos de regeneración urbana, recuperación de parques, renovación de instalaciones deportivas y fortalecimiento comunitario.


El objetivo ya no pasa únicamente por embellecer una pared o cubrir una superficie deteriorada. Las intervenciones socioartísticas buscan utilizar el proceso creativo para generar diálogo, participación y nuevas relaciones entre los habitantes.
Programas mexicanos de recuperación urbana han intervenido cientos de espacios públicos y sostienen que el arte puede contribuir a dignificar entornos, promover la convivencia y fortalecer el tejido social. El programa México Bien Hecho, por ejemplo, informa haber recuperado más de 430.000 metros cuadrados mediante más de 300 iniciativas en distintas comunidades del país.
Las canchas transformadas en el marco del Mundial se inscriben en esa misma lógica: aprovechar la visibilidad y las inversiones asociadas con un gran evento para generar cambios que puedan ser utilizados por los residentes una vez terminada la competencia.
Un legado alejado de las grandes obras
Los grandes eventos deportivos suelen ser evaluados por la construcción de estadios, las inversiones en transporte o el volumen de turistas recibidos. Sin embargo, una parte creciente de la discusión sobre su impacto se concentra en el legado que dejan en las ciudades anfitrionas.
En ese contexto, las 18 intervenciones proponen una escala diferente. En lugar de una gran obra concentrada en un único punto, se distribuyeron acciones en espacios barriales utilizados por niños, jóvenes, familias y deportistas locales.
La propuesta buscó que el Mundial no quedara limitado a quienes pudieron ingresar a los estadios o participar directamente de la competencia. Las canchas permanecerán como espacios deportivos y comunitarios cuando el torneo ya haya terminado.
Más que 18 murales independientes, el proyecto construyó 18 relatos vinculados con las personas que habitan esos lugares.

Con esta intervención, Simona Ahued volvió a colocar en el centro una idea presente en buena parte de su trabajo: el arte adquiere otra dimensión cuando no solamente modifica un paisaje, sino también la forma en que una comunidad reconoce y habita su propio espacio.







