Durante décadas, la geología sostuvo una idea bastante clara: las regiones alejadas de los límites entre placas tectónicas y sin un historial importante de terremotos eran consideradas relativamente seguras frente a los grandes movimientos de la Tierra. Sin embargo, tres investigaciones recientes comenzaron a poner en duda esa certeza y revelaron que algunas fallas aparentemente “dormidas” podrían no estar tan inactivas como se pensaba.
La pregunta volvió a cobrar fuerza después de una seguidilla de terremotos registrados en distintas partes del mundo. En pocos días, España, Perú y Colombia fueron escenario de fuertes movimientos sísmicos que dejaron víctimas, daños materiales y miles de personas afectadas. Ante este panorama, surgió nuevamente una duda: ¿realmente están ocurriendo más terremotos que antes?

Según los registros históricos, la respuesta es no. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que, en promedio, el planeta registra alrededor de 16 grandes terremotos por año: unos 15 de magnitud entre 7 y 7,9, y aproximadamente uno de magnitud 8 o superior. La cantidad puede variar de un año a otro, pero esas fluctuaciones no significan necesariamente que la actividad sísmica global esté aumentando.
Lo que sí cambió es la manera en que los científicos comprenden algunas fallas geológicas. Investigaciones publicadas entre 2025 y 2026 revelaron que ciertas fallas consideradas estables pueden acumular resistencia y energía durante miles o incluso millones de años. Aunque permanezcan inactivas durante largos períodos, una perturbación externa podría ser suficiente para provocar su ruptura y desencadenar un terremoto.
Uno de los estudios analizó el fenómeno conocido como endurecimiento friccional. Con el paso del tiempo y la falta de movimiento, algunas fallas pueden aumentar su resistencia interna. En lugar de desaparecer el peligro, esa larga inactividad puede hacer que la estructura acumule condiciones capaces de liberar energía cuando finalmente recibe una perturbación suficiente.
Entre los factores que podrían provocar esa ruptura se encuentran determinadas actividades humanas en el subsuelo, como la extracción de gas, la inyección de fluidos o el almacenamiento subterráneo. Estos procesos pueden modificar la presión dentro de las rocas y alterar el delicado equilibrio de una falla que llevaba millones de años sin moverse.
Uno de los casos más estudiados ocurrió en el campo de gas de Groningen, en los Países Bajos. Se trata de una región con una baja actividad sísmica natural, donde las fallas llevaban decenas de millones de años sin registrar movimientos. Sin embargo, con el paso del tiempo, la extracción de gas estuvo relacionada con la aparición de terremotos que provocaron daños materiales y generaron un fuerte conflicto social entre las comunidades afectadas.
Otra investigación añadió un elemento fundamental a esta ecuación: el agua. Los experimentos demostraron que la presencia de fluidos puede acelerar determinados procesos químicos dentro de las fallas y modificar su comportamiento. En términos simples, una falla puede ganar resistencia durante un largo período de reposo y perderla de manera repentina cuando se produce una ruptura, liberando una cantidad de energía mayor a la esperada.
Un tercer estudio analizó un caso en la península de Corea, una región ubicada lejos de los límites entre placas tectónicas. Allí, los investigadores detectaron que después de un terremoto comenzaron a registrarse otros movimientos relacionados con fallas cercanas y que el proceso de recuperación de su resistencia podía extenderse durante décadas.
Estos descubrimientos obligan a diferenciar dos conceptos que muchas veces se confunden: no tener antecedentes sísmicos importantes no significa necesariamente no tener riesgo geológico.
Una región puede haber permanecido tranquila durante cientos, miles o incluso millones de años y, aun así, albergar fallas capaces de reaccionar ante determinadas perturbaciones. El hecho de que un terremoto no aparezca en los registros históricos puede indicar simplemente que esa falla todavía no atravesó las condiciones necesarias para romperse.

Esto no significa que todas las regiones del planeta tengan el mismo nivel de peligro. El riesgo sísmico continúa siendo mucho mayor en las zonas cercanas a los límites entre placas tectónicas, como ocurre en distintos sectores del Cinturón de Fuego del Pacífico. Allí, el movimiento constante de las placas genera una actividad sísmica mucho más frecuente y, en algunos casos, terremotos de enorme magnitud.
Entonces, ¿por qué da la sensación de que cada vez hay más terremotos? Los científicos señalan varios factores. Uno de ellos es que actualmente existen muchas más estaciones sismológicas capaces de detectar movimientos pequeños que décadas atrás pasaban completamente desapercibidos.
También influye el crecimiento de la población en zonas expuestas y la velocidad con la que circula la información. Un terremoto que ocurre en cualquier parte del mundo puede aparecer en las redes sociales y en los teléfonos de millones de personas apenas minutos después. Además, varios eventos pueden producirse con pocos días de diferencia por pura casualidad, generando la sensación de que existe una escalada global.
La conclusión de las nuevas investigaciones no es que el planeta esté temblando más que antes, sino que la ciencia todavía está descubriendo dónde pueden estar los riesgos. Algunas fallas que durante años fueron consideradas inofensivas podrían acumular tensiones durante períodos extremadamente largos y reaccionar cuando una perturbación modifica su equilibrio.
Por eso, la gran pregunta ya no es solamente si están aumentando los terremotos, sino también si conocemos realmente todas las zonas capaces de producirlos. La historia geológica de un territorio sigue siendo una herramienta fundamental para calcular el riesgo, pero las investigaciones más recientes demuestran que, en algunos casos, el pasado silencioso de una región no garantiza que su futuro también lo sea.








